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El bosque, frontera del exterminio

07.19.2006 · Guardado en Sin categoría

Lo más descarnado es la vida. La vida es una fantasía del azar, desde su origen, pasando por todos los escaños de la evolución, hasta su resistente supervivencia actual. La vida parece que históricamente opera contra sí misma. En otros tiempos también tuvo que resistir el embite exterminador de especies-plaga y se las ingenió para sobreponerse. Pero ya no fue la misma forma de vida. Tampoco se las tuvo que ver con un poder ofensivo tan creativo y, a la vez, tan insidioso como la inteligencia; pertrecho de la especie humana, la última plaga. Esa misma fuerza devastadora, la inteligencia, es hoy la amenaza y el guardián de la vida. La contradicción de la zorra cuidando el corral.
La forma de vida por excelencia, el superorganismo que alimenta al resto de formas de vida, es el bosque: una fábrica con dos productos estrella, O2 y H2O. Fue venerado por nuestros ancestros europeos y despreciado por las culturas sobrevenidas con los monoteismos, quizá porque estas revelaciones religiosas nacieron en el vacío alucinador de los desiertos. El caso es que no hay bosques en Europa para contrarrestar la inmensa marea contaminadora que generamos cada segundo del día. Tanto como decir que no tenemos depuradoras suficientes para atender nuestra pertinaz acción tóxica. Podríamos abstenernos de tantos aparatos y dispendios polutivos por persona, pero no podemos abstenernos de respirar y beber (ahí tenemos las enfermedades autoinmunes, las alergias, los cánceres…). Sin embargo, el autocontrol no entra en nuestros cálculos, antes bien, propendemos al crecimiento más dislocado en nuestras sociedades tecnológicas. Con esta tendencia al alza y con menos recursos paliativos de sus efectos nocivos para la calidad ambiental, a saber, bosques, la fórmula de la vida se descompensa claramente. Es “insostenible”; por no decir que el declive tiene, a estas alturas, consecuencias, de temer, irreversibles. Pero el vértigo del estrago no se conmueve en lo más mínimo con la alarma de la consciencia. Ésta duerme feliz en la narcosis del consumismo, que borra, incluso, el instinto de supervivencia. Tan enajenados estamos que nos aterra un futuro sin petróleo pero no nos conmueve, siquiera, la degradación y desaparición futura de los elementos vitales.
Y, ¿cuál es la inteligencia que aplicamos para instaurar ese equilibrio lógico de la sostenibilidad? La inteligencia es sinónimo de razonamiento. La inteligencia es un instrumento susceptible de regir todas las actividades humanas, incluso en las más instintivas. La inteligencia que impera hoy en nuestros sistemas sociales y sus poderes es la inteligencia mercantilista, cuyo objeto es el beneficio de una parte -sea ésta un sujeto, una empresa, una comunidad o un país- frente a los demás. No hablo ya de los intereses privados que subyacen en los grandes acuerdos como Kioto (unos vendiendo su impotencia a otros), sino, en el orden más provinciano, cuando se justifica la pervivencia de un bosque, por ejemplo, por su usufructo para los paisanos locales. El bosque, o el oso, o el lobo, o … lo que sea, incluído, el hombre (extranjero), si se puede explotar: aceptable; si no se puede explotar: inaceptable. Es la vil pretensión de sustituir las leyes de la naturaleza, de la vida, por leyes del mercado. El razonamiento mercantilista, está basado en la rentabilidad parcial y es, obviamente, enemigo del bien común, entiéndase, público. Pero en cuestiones biológicas, si algo se sustrae del provecho común (del mantenimiento de la diversidad), se elimina. Son las inexorables leyes del ecosistema. La inteligencia mercantilista es, en este sentido, suicida. Como la célula individualista, que desatendiendo las reglas de crecimiento y contención compartidas por todos los tejidos, expande un cáncer que, al final, acaba con ella misma, porque elimina al propio organismo que la cobija. Sabemos, sin embargo, que el cáncer en su lógica voraz y autista no parará en mientes.
Ése es el peligro; el que los poderes públicos, teóricamente garantes del bien común, gestionen el patrimonio natural con criterios mercantilistas. Las administraciones evaluan los bosques midiendo el peso de su biomasa. Es decir, su importancia material. Dejan fuera del precio, la trascendencia inapelable del bosque para la vida de un entorno geográfico, de un país entero, del planeta.
Del bosque dimana la vida y no se puede sustituir con ninguna tecnología señera. En este sentido, el bosque debería ser respetado y protegido como el icono sagrado de nuestra existencia.
La desconsideración del valor inmaterial del bosque, que comparten profusamente las estructuras políticas, jurídicas y sociales, procede directamente de la promisión ideológica de paraisos supraterrenales que publicitan las grandes confesiones -volvemos a mencionarlas- Esta idea, curiosamente, es ilustrada a lo largo de la vasta iconografía celestial con bosques, praderas y manantiales sublimes. Y es que no tienen otra imagen porque no hay otra fuente de vida que los bosques y los ríos, aunque sean diferidas a ultratumba por las distintas iglesias.
Lo tremendo es que esta noción heredada de la alegoría bíblica, prevalezca en los poderes estructurales, junto al mercantilismo que lo complementa. En este contexto dialéctico, un bosque en llamas contiene una veleidad “purificadora” que una vez consumada o “consumida” -en el sentido de evocativo- procurará pingües beneficios en forma de madera, pasto, asentamiento inmobiliario… Traducido: no tiene importancia vital y tiene importancia económica.
Dos conceptos conjurados en los sistemas políticos, jurídicos y funcionales que han desembocado en el estado insostenible actual. La ciencia es inteligencia y, ni uno ni otro de estos conceptos operativos son científicos.
Debemos desconfiar de las administraciones, la justicia y los agentes sociales cuando dicen que protegen el patrimonio natural, porque lo hacen con criterios incompatibles con el sostenimiento de ese patrimonio.
Un ejemplo paradigmático: en septiembre de 2005, fue absuelto el acusado de lanzar una colilla encendida en la Sierra de Cázula (término de Otivar) que sembró el fuego en 2.147 ha. La juez penal de Motril consideró que el incendio se debió a la “mala fortuna”. ¿Considerará, también, esa juez el asesinato como la desafortunada interposición de un cuerpo humano en el trayecto de una bala?. Seguramente, no. Esa es la alegación discriminativa que actúa, desde el sistema, contra el precursor de la vida, el bosque, por extensión, la naturaleza. La justicia protege la vida pero no al catalizador de esa vida. Esta ambivalencia ética es permeable a todos los estamentos y cala con la misma fuerza en la actitud de la población en general.
Por otra parte, está la compensación económica por la administración territorial que obtienen, tras el incendio, los municipios, particulares y demás damnificados. Lectura que “sensu inverso” invita a meter fuego para pillar dinero. Por último, el producto lucrativo, de tipo comercial o de erradicación, que, además, promueve el incendio para los mismos damnificados.
Total, hay que concluir que, sumando negocio y exoneración moral, pocos son los incendios generados, aunque cada año ardan en España alrededor de 20.000 ha.
No me dirán que la inteligencia apliacada a la prevención y protección del bosque no es tan perversa como la inteligencia apliacada a la destrucción de éste. Estamos en el dilema, mencionado al comienzo, de la zorra cuidando del corral. El hecho evidente es que las gallinas que quedan ya no dan para alimentar mucho más tiempo a la zorra. Pero ésta anda ciega en su frenesí carnicero. El impulso de la zorra le impide considerar la autodestrucción que conlleva su conducta. ¿No hacemos lo mismo nosotros, pero añadiendo a este proceso el arma de la inteligencia, cuyos efectos son aniquiladores, no sólo para nosotros sino para toda la biodiversidad?
Siempre nos consolamos con la esperanza de que surgirá otra casualidad que la prolongue. Y es posible, pero el juego depende de la probabilidad. La probablilidad es un juego estocástico. Tampoco serán los hombres sus administradores necesariamente, estaremos en una nueva forma de vida si sucede. Pero es un consuelo para la vida, no ya para la humanidad.

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