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Nada ni nadie

09.23.2008 · Guardado en Relatos y poemas

Pedro, mi marido, estaba enfermo desde hacía mucho tiempo. Era algo que no tenía remedio. En la última recaída, quedó postrado en la cama. Sus ochenta y cuatro años y su enfermedad respiratoria crónica no hacían albergar muchas esperanzas a nadie. Bueno, excepto a mi.
Una tarde, cuando el sol se perdía en el horizonte, yo también me encontré mal: parecía que me iba a estallar la cabeza y estaba mareada. Eran muchos días de dormir poco, de malcomer y de estar preocupada por él.
-Tómese este ibuprofeno -me dijo Eva, la enfermera- y acuéstese en la cama, junto a él. Duerma un poco y verá como así se despierta mejor mañana. Yo, ya me marcho. Pero, si necesita algo o surge alguna urgencia, llámeme al móvil.
Le hice caso: tomé la pastilla y me eché en nuestra cama, a su lado. En el mismo lugar y con la misma persona que llevaba haciéndolo durante los últimos 60 años.
Allí estaba él, donde cada noche. Siempre me había gustado mirarlo mientras dormía. No era ya aquel joven que conocí con dieciocho años en el pueblo, pero, seguía conservando algo de esa belleza de actor clásico de Hollywood que me encandiló. Desde que estaba en cama, pocas veces había vuelto a ver su sonrisa: esa que normalmente se abría paso a través de su barba canosa, entre socarrona y seductora. Esa sonrisa era el mejor de sus muchos encantos.
Esta noche estaba peor, se le notaba en la cara y en su respiración: era breve y entrecortada. Una de las veces, la pausa de su respiración fue más larga de lo habitual. Preocupada, me acerqué más para ver qué le ocurría.
Al moverme, se sobresaltó, abrió los ojos y trató de incorporarse. Me miró, pero no estoy segura de que me viera en realidad.
-Luisa, ¿estás ahí? -preguntó.
-Claro, mi vida. Aquí, a tu lado -contesté
-¡Ah!, muy bien -exclamó mientras sonreía.
Y se volvió a tumbar, con su sonrisa en la cara. Lentamente cerró los ojos y expiró.
Lo besé en la frente y en esos labios sonrientes. Y le deseé buenas noches. No dije nada a la enfermera cuando abrió sigilosamente la puerta del dormitorio para despedirse.
Nada ni nadie impediría que pasáramos nuestra última noche juntos. Ni siquiera, la muerte.
Autor: Landahlauts
(basado en un hecho real)

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