Berzerk, la furia animal
Sembraron el terror durante 300 años aniquilando las costas del norte de Europa. Eran imbatibles, impresionantes guerreros siempre deseosos de entrar en combate para saquear y asesinar. Armados con hachas de mano, lanzas de fresno, arcos infalibles que disparaban gracias a cabellos de mujer tensados… dicen que así estos guerreros jamás fallaban un tiro.
Sus drakkar recorrieron los mares de Europa e incluso llegaron a América 500 años antes que Colón. Con 20, 50 o hasta 100 remos, estas veloces embarcaciones sembraban el caos en las poblaciones vecinas cuando eran avistados. Su presencia era símbolo de muerte y destrucción, de poblados ardiendo y cientos de cadáveres cubriendo el suelo. Sus razzias eran implacables y mortíferas. Hablo, por supuesto, de los vikingos.
Alimentados por la fuerza de su dios Odín, recorrieron el mundo combatiendo con todo aquel que se encontraron, y también entre ellos. Su máximo honor era morir en combate. Entre los vikingos ningún hombre moría de viejo, no era posible tal deshonor. La guerra les daba la vida y se la arrebataba, vivían por y para el combate. Los vikingos morían matando en el campo de batalla, aferrados a su poderosa espada en la que se encontraba escrita la palabra ‘Odín’, su gran dios. Tras la muerte del guerrero, las Valkirias lo llevaban al Valhala hasta el día del Ragnarok, el juicio final. Ese era el mayor honor de los vikingos, y dedicaban su vida a ello.



